Es un libro raro: un día nos lleva a un bosque a pasar la tarde echados en la maleza y a la página siguiente describe detalladamente las sombrías noches de ciudades decadentes. Este libro escapa a sus paisajes, no cae con el mundo ni se hunde en el mar. Por eso es un buen libro, todos deberían leerlo y pasar así las frías horas de escarcha. Es pasear con un niño por los infiernos, tocando la roca fundida del centro de la tierra y jugando con ella. Es como una sonrisa en la oscuridad, ahí donde ya no llega la luz solar eso es: una sonrisa en la oscuridad.
domingo, 4 de septiembre de 2011
jueves, 25 de agosto de 2011
24 de agosto
En el desierto los hongos crecían como en el paraíso: grandes, rojos y blancos y por todas partes. Cuando no hubo noche, el calor seco los deshidrató en pocos minutos una vez que los tuve en mis manos. Era cosa de correr el mosquitero para pisar la tierra endurecida por el sol. Afuera de mi pieza todo era como en las películas al atardecer en un pueblo fantasma, a diferencia que yo no podía ver una sola casa. Los buitres y los coyotes esperaban que cayera la noche, porque con este calor no eran más que invisibles adornos del paisaje. En el interior de las cuevas de arena carentes de pinturas rupestres vivían los hongos más hermosos, reposando sobre mesas construidas por el viento y los años. Saqué algunos, los saqué casi todos, pero sólo volví con tres. Los puse a secar en el viejo radiador de la pieza con tallo y todo, mientras veía como los más pequeños se apoderaban de mi guitarra, de la ropa en mi closet y de mi mochila. Era un espectáculo indescriptible verlos crecer dentro de mí.
miércoles, 24 de agosto de 2011
lunes, 15 de agosto de 2011
Bajo el mar
El agua infinita no me deja ver las paredes ni la roca, como si todo fuera nadando en círculos. Sólo sé que el sol, después de almorzar, dibuja un cuadrado perfecto que se ve entrar en las olas y ahogarse en el fondo. Aquí no hay peces, sólo un par de lineas azules que me llevan directo hacia lo más sombrío del mundo. Debajo del agua el tiempo se dobla a mi antojo y los sonidos se van juntando en esa lista de reproducción para de pronto hacerlos explotar todos dentro de nuestras cabezas. Caer aquí es como volar borrachos, sometidos al juicio del viento y a la risa, que nunca nos dejaría oscurecernos demasiado. Respiramos las pequeñas burbujas de aire que se nos meten entre los dedos para así, a kilómetros, poder escucharnos resoplar. El techo es tan alto como el firmamento y los ventanales se confunden entre el aquí y el allá, para sólo dejar escapar la luz. El agua de este lugar consume todos los gritos y los pensamientos al ritmo de cada brazada y nos lleva más allá de los sueños, a correr por la infancia con el reflejo sobre nuestras cabezas y a dejarnos llevar a un paseo instantáneo por esos lugares que nunca debimos olvidar. Si existe un lugar donde todo se hace infinito, eso es bajo el agua.
El tiempo en segundos
¿En qué pasa el tiempo cuando los segundos son eternos? ¿Siguen acaso siendo segundos? Podríamos simplemente no llamarlos de ninguna forma. Es como los colores o las canciones, que nadie puede asegurar realmente en qué frecuencia están sus ondas. Si no sabemos cuántos de nuestros segundos exactamente tenemos que hacer esperar a otro, entonces, por ningún motivo es justo dejarlo esperando. A lo mejor por eso alguien inventó el tiempo, para tratar de acercarse un poco a cuantificar nuestros segundos. Tal vez, algún día, cuando podamos medir los segundos de cada uno, nos demos cuenta que todos estamos hechos para esperar lo mismo.
Cosas de celulares y de gente.
Hoy dediqué media hora de mi vida a eso, planeé comer la pizza arriba, y aunque no lo hice, sabía que tenía que volver lo antes posible a ver qué había en ese celular. Me acosté y con todo arriba lo vi, ahí, en la mochila deshecha, esa mochila que ni siquiera había ocupado hoy. Por supuesto no estaba ahí, pero sin saberlo aún, me asustaba profundamente la idea de tener que levantarme a buscarlo. De pronto lo sentí al lado, observándome. Lo podía ver de reojo, sabía que me miraba sentado tranquilamente sobre la mesa de mi velador, disfrutando del miedo que me provocaba voltearme a mirarlo de una vez.
Todo era una farsa, lo supe desde un principio, cuando lo oí vibrar desde el subsuelo, y aun así no me pude sacar esa maldita idea que me persiguió durante todo el día: jugar a alterar la realidad.
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