Tengo esa pena que no tiene otra explicación que la hora o el trabajo culeao que estoy haciendo. Se parece más a haber olvidado la cosa más importante del mundo que a querer llorar, pero no por eso es menos triste. La tengo desde que salí de clases, desde que me senté solo. Así debe sentirse ese niño raro que todos los días entra a la sala como si jamás se hubiera lavado el pelo.
jueves, 19 de abril de 2012
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