sábado, 2 de julio de 2011

Es el primer día del mes, porque ayer yo creo que no contaba. Y como primer día no vale la pena escribir nada, porque desmerecería lo que puede pasar en los próximos días, además los ánimos no están como para pronósticos. En realidad no, y estoy exculpando completamente al sueño, que es lo que no me deja dormir.

martes, 28 de junio de 2011

Primer día en meses que dormiré sin reproches; feliz, escuchando la lluvia.

Escalada.

Estoy chato de la escalada y de toda la gente. Esa weá se llama deporte desde que empezó a ser caro. ¡Qué weá más estúpida! Venden las cuerdas como si fueran de oro y el nombre del deporte junto a la moda esa de todos los loquitos que salieron ahora. ¡Qué lata la weá! Ojalá no me hablen más de esa porquería. Como si ir a subir el cerro no fuera la misma weá. Aunque definitivamente no es lo mismo porque para eso no necesitas nada más que tus pies, en cambio pa' la otra weá hasta la polera culiá tiene que ser especial. Lo peor de todo esto es que va de la mano de toda esa ideología de la huella de carbono y de la de comernos toda nuestra basura, cuando no somos capaces siquiera de recoger la de los demás, porque mientras no seamos los que ensucien está bien todo. Estas ideas, que son construidas sobre la base de un deporte o de una moda, están destinadas a desaparecer de la misma forma como llegaron: por moda. Y para terminar de dejarme chato, terminan de explayarse acerca del deporte diciendo -motívate po weón-, como si tuviera que estar en el sindicato de los escaladores pa' subir por las rocas. Esto está casi al nivel de los scouts. Ojalá nadie más me hable de esa porquería de nuevo...

martes, 21 de junio de 2011

Calcetines

Me gustan mis calcetines nuevos, son tan suaves y blancos como siempre los soñé. Me gusta no tener que ponerme de nuevo esos calcetines de mierda de acrílico que compra mi mamá en la calle, esos que te acaloran los pies. Son una especie de imitación de alguna marca conocida, siempre en tonos grises y blancos percudidos y con el logo en cuestión de un color bien raro, algo así como un rojo-morado poco común (no soy muy bueno con los colores). Me dan ganas de ir afuera y ver si de verdad son tan sintéticos como me hacen sentir prendiéndoles fuego, pero me da pena pensar que alguien los hizo con sus manos para mí, para que yo los usara. Y de nuevo está allí, ese sentimiento que reconozco tan bien entre la multitud, ese que me recuerda por qué esos calcetines existen y me los muestra rotos en un par de zapatos viejos camino al trabajo, tal vez con tierra, tal vez mojados, pero sí o sí con frío. Tal vez algún día los queme.

lunes, 20 de junio de 2011

hay hartas cosas dando vuelta en el mercado, cosas lindas, brillantes y simpáticas, y yo sólo quiero dormir todo el día de mañana.

domingo, 19 de junio de 2011

Curepto.

El día que viajemos será un día húmedo, de esos en los que el sol calienta tímido las carreteras y evapora las lluvias que han quedado cicatrizadas en la tierra y en el pasto. Nos sentaremos en la calle, o en algún paradero, mientras decidimos por donde nos vamos. Conozco muy bien el camino.
Llegaremos a un pueblito entre el mar y la sierra, oculto entre algunas lomas verdes plagadas de cartuchos de escopeta oxidados. Allí, veremos fachadas hermosas pero rotas, cubiertas de escombros apuntalados a las veredas por las esquinas. Las podridas tablas de eucaliptos sujetan los últimos vestigios de la colonia española, como si fueran las muletas de un viejo que se aferra obstinadamente a la vida. Es un pueblo desierto. Los peces que alguna vez nadaron en la fuente de la plaza, ya no son más que un par de colores que imaginaremos esconderse entre las algas del agua estancada. Visitaremos la vieja iglesia del pueblo y sacaremos algunas fotos, como si fuésemos un par de turistas, y pasaremos el tiempo viendo los días de las ferias y recordando el sabor que tenían los helados. Debajo de los árboles de la plaza, te contaré cómo se veían cuando les colgaban lucecitas en aquellos días de las fiestas de septiembre.
Por la tarde subiremos por las estrechas calles que nos llevan colina arriba hasta donde está mi abuelo. El guardia que cuida el cementerio estará durmiendo en su caseta como siempre, así que saltaremos la ridícula cadena que bloquea la entrada. Me pondré las gafas una vez que hayamos llegado para que no me veas llorar, no es que me avergüence, es solo que no quiero que pienses que hemos viajado solamente para eso. Me tomarás la mano con fuerza. Nos sentaremos en el concreto de la tumba y ahí, hablaremos de mi abuelo hasta que empiece a oscurecer.
Para terminar el día, iremos a tomar una bebida a algún negocio de alguna esquina, donde las express aún cuesten cien pesos.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está