Me gustan mis calcetines nuevos, son tan suaves y blancos como siempre los soñé. Me gusta no tener que ponerme de nuevo esos calcetines de mierda de acrílico que compra mi mamá en la calle, esos que te acaloran los pies. Son una especie de imitación de alguna marca conocida, siempre en tonos grises y blancos percudidos y con el logo en cuestión de un color bien raro, algo así como un rojo-morado poco común (no soy muy bueno con los colores). Me dan ganas de ir afuera y ver si de verdad son tan sintéticos como me hacen sentir prendiéndoles fuego, pero me da pena pensar que alguien los hizo con sus manos para mí, para que yo los usara. Y de nuevo está allí, ese sentimiento que reconozco tan bien entre la multitud, ese que me recuerda por qué esos calcetines existen y me los muestra rotos en un par de zapatos viejos camino al trabajo, tal vez con tierra, tal vez mojados, pero sí o sí con frío. Tal vez algún día los queme.
martes, 21 de junio de 2011
lunes, 20 de junio de 2011
domingo, 19 de junio de 2011
Curepto.
El día que viajemos será un día húmedo, de esos en los que el sol calienta tímido las carreteras y evapora las lluvias que han quedado cicatrizadas en la tierra y en el pasto. Nos sentaremos en la calle, o en algún paradero, mientras decidimos por donde nos vamos. Conozco muy bien el camino.
Llegaremos a un pueblito entre el mar y la sierra, oculto entre algunas lomas verdes plagadas de cartuchos de escopeta oxidados. Allí, veremos fachadas hermosas pero rotas, cubiertas de escombros apuntalados a las veredas por las esquinas. Las podridas tablas de eucaliptos sujetan los últimos vestigios de la colonia española, como si fueran las muletas de un viejo que se aferra obstinadamente a la vida. Es un pueblo desierto. Los peces que alguna vez nadaron en la fuente de la plaza, ya no son más que un par de colores que imaginaremos esconderse entre las algas del agua estancada. Visitaremos la vieja iglesia del pueblo y sacaremos algunas fotos, como si fuésemos un par de turistas, y pasaremos el tiempo viendo los días de las ferias y recordando el sabor que tenían los helados. Debajo de los árboles de la plaza, te contaré cómo se veían cuando les colgaban lucecitas en aquellos días de las fiestas de septiembre.
Por la tarde subiremos por las estrechas calles que nos llevan colina arriba hasta donde está mi abuelo. El guardia que cuida el cementerio estará durmiendo en su caseta como siempre, así que saltaremos la ridícula cadena que bloquea la entrada. Me pondré las gafas una vez que hayamos llegado para que no me veas llorar, no es que me avergüence, es solo que no quiero que pienses que hemos viajado solamente para eso. Me tomarás la mano con fuerza. Nos sentaremos en el concreto de la tumba y ahí, hablaremos de mi abuelo hasta que empiece a oscurecer.
Para terminar el día, iremos a tomar una bebida a algún negocio de alguna esquina, donde las express aún cuesten cien pesos.
jueves, 16 de junio de 2011
Nubes.
De pronto nos vimos sentados en el comedor de un departamento con vista al resuelto desgaste de una ciudad rendida al gris y al olvido. Era una tarde fría, como la de hoy, pero no lo suficiente como para alcanzar a ver nuestras palabras. Sentados en unas sillitas plegables de aluminio, como si estuviéramos en el balcón de una casa de playa, nos abrigábamos por el infinito calor de poder olvidar todo lo que nos rodeaba y perdernos en nosotros mismos y en el café. No teníamos sillones. Habíamos terminado de almorzar recién y ya era demasiado tarde.
Conversamos un rato, conversábamos siempre. No podíamos hacer nada más, estábamos bajo el hechizo ineludible que cae a esa hora del día en la que ha atardecido lo suficiente, donde la amarillenta luz de las viejas ampolletas se mezcla con los tonos tristes de la luz natural que entra por las ventanas, convirtiendo cualquier actividad en un recuerdo melancólico. Es aquella hora del día que detestaba cuando chico y debe ser la hora que odian todos los niños del mundo, porque es el instante en que todo vuelve a ser real y ya no se puede seguir jugando. Es la hora del baño y la de entrar los juguetes llenos de tierra, antes de que caigan a merced definitiva de la oscuridad implacable. Es esa hora en que los colores de la tarde se intersectan con los de un domingo cualquiera, transformando luego, ese minuto de un día particular, en un domingo de antaño.
No recuerdo el día exacto que ocurrió, pero hace mucho dejé de ser un niño.
lunes, 6 de junio de 2011
Alegría.
Hay cosas que no deberían acabar, porque son esas las que hacen al mundo miserable. Es como si toda la vida girara en torno a hacer perpetuo ese instante en que todo se vuelve infinito, pero fugaz. Todo se vuelve vacío de pronto, cuando no entendemos que el sentido de ese momento es que éste no perdure. Y toda la economía mundial se aprovecha de vendernos unos segundos triviales y pasajeros, carentes de realidad, porque ésta: no puede comprarse ni llenarse realmente. Así es como da vueltas el mundo sobre su propio eje. Me gusta pensar en todas las formas distintas que me pueden hacer sonreír en un día como hoy, como mañana o como el viernes.
Invierno
Me gusta tomar café después de almuerzo, aun estando solo y la casa oscura. Me divierte ver cómo el vapor flota en el aire y se esparce uniforme, aunque las nubes y la lluvia alteren la verdadera cuantía de su naturaleza y de su aroma, un poco confuso, de café barato. Las luces de la casa no son lo mismo en estas tardes de invierno, es como si por algún lado escapara toda esa luz que me falta para ver claramente el teclado. Estar solo en invierno es un poco más triste, como que no dan ganas de cantar.
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