jueves, 9 de diciembre de 2010

welcome

Vamos quemando la historia de nuestros errores, ¿es acaso ese el verdadero motivo? Quememos los diarios y los libros para elevar la temperatura del lugar y así terminar con años y años de mentiras. Máquinas de maldad, sí, máquinas, sublevadas a una ironía recíproca y latente que controla sus vidas. ¿Cómo hemos llegado a esto? ¿Es que nadie entiende cómo se ha encendido el cielo? Una ráfaga se ha llevado, de una vez, todo lo que fuimos y mañana lo hará de nuevo... así funciona esta máquina infalible... Truenos y tormentas, explotan en los medios y acallan a los verdaderos traidores; caen relámpagos sobre aquellos que en realidad luchaban intentando contar una historia... esta máquina no tiene adversarios, es simplemente perfecta... ni con piedras ni palos es posible conmoverla. Lloramos y cantamos, pero nuestras lágrimas se derraman en un vacío seco e hirviendo, al igual que todo lo demás que valía la pena. Las máquinas no sienten ni sangran y se regocijan al vernos haciéndolo, porque esto les da emociones a sus noticias; que pasarán en banda como todo lo que solía valer la pena. Maldita máquina de maldad, sé que algún día entenderás, piedra por piedra, hasta que recuperes tus recuerdos, y entonces podremos por fin, sacarnos las armaduras para sentir el viento.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

53

Interrúmpame más a menudo. Cuando hablo con usted quiero decirlo todo, todo, todo. Pierdo todo sentido de lo que son los buenos modales; hasta convengo en que no sólo no tengo buenos modales, sino ni dignidad siquiera. Se lo explicaré. No me preocupo en lo más mínimo de las cualidades morales. Ahora en mí todo está como detenido. Usted misma sabe por qué. No tengo en la cabeza un solo pensamiento humano. Hace ya mucho que no sé lo que sucede en el mundo, ni en Rusia ni aquí., He pasado por Dresde y ni recuerdo cómo es Dresde. Usted misma sabe lo que me ha sorbido el seso. Como no abrigo ninguna esperanza y soy un cero a los ojos de usted, hablo sin rodeos. Dondequiera que estoy sólo veo a usted, y lo demás me importa un comino. No sé por qué ni cómo la quiero. ¿Sabe? Quizá no tiene usted nada de guapa. Figúrese que ni tengo idea de si es usted hermosa de cara. Su corazón, huelga decirlo, no tiene nada de hermoso y acaso sea usted innoble de espíritu.

-¿Es por eso por lo que quiere usted comprarme con dinero? -preguntó-. ¿Porque no cree en mi nobleza de espíritu?

-¿Cuándo he pensado en comprarla con dinero? -grité.

-Se le ha ido la lengua y ha perdido el hilo. Si no comprarme a mí misma, sí piensa comprar mi respeto con dinero.

-¡Que no, de ningún modo! Ya le he dicho que me cuesta trabajo explicarme. Usted me abruma. No se enfade con mi cháchara. Usted comprende por qué no Vale la pena enojarse conmigo: estoy sencillamente loco. Pero, por otra parte, me da lo mismo que se enfade usted. Allá arriba, en mi cuchitril, me basta sólo recordar e imaginar el rumor del vestido de usted y ya estoy para morderme las manos. ¿Y por qué se enfada conmigo? ¿Porque me llamo su esclavo? ¡Aprovéchese, aprovéchese de mi esclavitud, aprovéchese de ella! ¿Sabe que la mataré algún día? Y no la mataré por haber dejado de quererla, ni por celos; la mataré sencillamente porque siento ganas de comérmela. Usted se ríe...

-No me río, no, señor -dijo indignada-. Le mando que se calle.

Se detuvo, con el aliento entrecortado por la ira. ¡Por Dios vivo que no sé si era hermosa! Lo que si sé es que me gustaba mirarla cuando se encaraba conmigo así, por lo que a menudo me agradaba provocar su enojo. Quizá ella misma lo notaba y se enfadaba de propósito. Se lo dije.

- ¡Qué porquería! -exclamó con repugnancia.

-Me es igual -proseguí-. Sepa que hay peligro en que nos paseemos juntos; más de una vez he sentido el deseo irresistible de golpearla, de desfigurarla, de estrangularla. ¿Y cree usted que las cosas no llegarán a ese extremo? Usted me lleva hasta el arrebato. ¿Cree que temo el escándalo? ¿El enojo de usted? ¿Y a mí qué me importa su enojo? Yo la quiero sin esperanza y sé que después de esto la querré mil veces más. Si algún día la mato tendré que matarme yo también (ahora bien, retrasaré el matarme lo más posible para sentir el dolor intolerable de no tenerla). ¿Sabe usted una cosa increíble? Que con cada día que pasa la quiero a usted más, lo que es casi imposible. Y después de esto, ¿cómo puedo dejar de ser fatalista? Recuerde que anteayer, provocado por usted, le dije en el Schlangenberg que con sólo pronunciar usted una palabra me arrojaría al abismo. Si la hubiera pronunciado me habría lanzado. ¿No cree usted que lo hubiera hecho?

-¡Qué verborrea tan estúpida! -exclamó.

-Me da igual que sea estúpida o juiciosa -respondí-. Lo que sé es que en presencia de usted necesito hablar, hablar, hablar... y hablo. Ante usted pierdo por completo el amor propio y todo me da lo mismo.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Por más que busco y busco en mi cabeza, no logro recordar donde he dejado mi opinión. Debe estar muy escondida o tal vez se ha vuelto algo tan evidente que la doy por sentado, y en su lugar la reemplazo por nuevas formas que desconozco. Trato de encontrar entre el revoltijo de identidades, alguna idea innovadora que me libere, por fin, de esta fracasada dualidad que intenta entender eso que me haría diferente. Se libra una batalla por encontrar la verdad, pero no soy tan fuerte como para llevar eso que no pienso hasta las últimas consecuencias o, ¿es acaso que definitivamente no tengo una opinión? Tampoco soy bastante inteligente para llevar algún punto del plano imaginario al plano real y eso hace posible la lucha de estas dos caras que, inútilmente, buscan imponerse. Sé que no tiene importancia, pero una cosa es sentir y la otra es pensar, y de alguna u otra manera una cosa debería llevarme a la otra, pero ¿y si no lo hace? Entonces aborto cada idea al nacer de mi boca, chocando con esa verdad establecida como absoluta dentro de todo lo que soy. De este modo nunca encontraré mi opinión.
¿Tiene algún sentido creer en cosas que jamás habías pensado, para así darte cuenta que nunca las habías creído? Si es que no tiene ningún sentido creer en algo que no existe, entonces ¿me he estado mintiendo todo este tiempo? Me convierto en alguien que en el fondo no sabe nada y lo peor es que siempre lo supe...

jueves, 25 de noviembre de 2010

Mientras se evaporan los suspiros sobre el infernal pavimento, hay alguien distinto; alguien que no está en la fila. Lleva puesta una polera grande, demasiado grande para alguien tan pequeña. Caminaba mirando el suelo, para no encontrarse con los ojos de nadie; sus gastadas chalas acariciaban suaves el suelo al andar. Cansada y vacilante, deambulaba recogiendo latas entre las multitudes escépticas. Como un fantasma atraviesa la verdad y la oscuridad, buscando ese preciado aluminio que tan poco vale. Ella vive en el mundo real; hermosa y frágil, podría ser mi abuela.
Entonces, ¿quienes son los fantasmas? Nuestro mundo no es de este mundo, ajeno a las guerras o al hambre; somos de un lugar donde no nos pesan los pies.

sábado, 20 de noviembre de 2010

locuras II

Recuerdo haber estado exhausto por el inclemente calor que derretía las esperanzas de las estrechas calles de piedras coloniales. Me senté afuera de una casa, apoyado en sus paredes mirando una peculiar estatua de un pirata, mientras mi papá entraba a caer de nuevo en los enmarañados juegos de los locales que buscaban resaltar de entre sus miserias. El pirata me llamó en particular la atención, no podía parar de mirarlo, con una cartera al hombro llena de papeles importantes, una la larga y extraña capa al viento y su pelo amontonado, atípico en esas latitudes. Aparecían todo tipo de personas a rodear la estatua; las personas más heterogéneas que jamás había visto. Decían las susurrantes voces del viento, que al mirarlo a los ojos y pedir un deseo mientras le tocas un dedo que apuntaba a la nada, éste cumplía tu deseo o simplemente te traía buena fortuna, si no eras tan ambicioso como para saber exactamente lo que querías. Parecía algo muy divertido para los chinos y españoles que pasaban a sacarse fotos o para las europeas o gringas que sin entender nada, o tal vez ebrias, lo abrazaban sin el más mínimo respeto o vergüenza. Nadie se sentó a mirar y a entender quien realmente era: un ser de piedra, oscura, tan negra como la tez de su pueblo y tan poderoso como el Dios que veneraron por siglos de implacables domingos de iglesia. Mientras Dios se ha olvidado de quienes más han creído en él, una nueva esperanza nace insurgente, pero silenciosa e incipiente; violenta y revolucionaria, pero demasiado hereje como para ser confesada. Pude ver en esa esquina la verdad, más sincera que cientos de soles, en los ojos de quienes podían escapar de la realidad al mirar la piedra a los ojos y soñar. Cuando la fe, simplemente no pudo mover montañas o no pudo sacar a sus hijas de la prostitución, un deseo se convierte en Dios, y así, Dios es sólo una simple expresión de la esperanza de conquistar las alturas. Dios nace del hombre y de su inseguridad por su frágil condición, por la necesidad de controlar todo eso que no está a su alcance, en su constante búsqueda por entender todo eso que no puede explicar. Sin comprender como algo tan abstracto como Dios se uniformó bajo una verdad tan absurda, entendí, aquel día, que Dios nace y muere y vuelve a nacer, reencarnado en lo que no conocemos. Dios llena los vacíos de verdades, completa todas aquellas incertidumbres, asesinando las vacilaciones, porque él maneja todo eso que nosotros no; como una estrella fugaz que muere cuando ya nos ha dado suerte y que el miedo nos hace volver a buscar en la oscuridad celeste. No sé qué es exactamente Dios, pero sé que lo conocí aquel día; lo vi, de piedra sólida, parado inmóvil en la acera contraria mirando al vacío.
La verdad en las lágrimas de una anciana, han creado un Dios, más cierto que el que he podido ver en los ojos de cualquier cura. Un Dios, interior y verdadero, que no carga con prejuicios de siglos, que nace del amor. Él jamás la engañara, porque nunca le ha prometido nada, tan sincero como lo que la anciana le pedía en su oración herética. Allí observando, yo sólo quería pedirle a Dios que sus sueños se cumpliesen y en ese momento, tal vez yo fui su verdadero Dios, pero eso nunca lo sabremos.

martes, 16 de noviembre de 2010

El viento se burla afuera, moviendo el árbol que solía hacerme partir; ya volveré contigo.
Ligeramente sombría se difama una verdad incómoda, que difiere de la completa nostalgia que todos en la sala sobreentendían. Las palabras entran y salen mientras tomo apuntes de mi cabeza, para no olvidar ninguna idea que se sobrepone a los mugrientos ruidos que no lograron distraerme. Se entrelazan verdes sueños entre teorías ridículas de cosas obvias y teoremas absurdos, irresponsablemente generalizados.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está