martes, 16 de noviembre de 2010

Ligeramente sombría se difama una verdad incómoda, que difiere de la completa nostalgia que todos en la sala sobreentendían. Las palabras entran y salen mientras tomo apuntes de mi cabeza, para no olvidar ninguna idea que se sobrepone a los mugrientos ruidos que no lograron distraerme. Se entrelazan verdes sueños entre teorías ridículas de cosas obvias y teoremas absurdos, irresponsablemente generalizados.

lunes, 15 de noviembre de 2010

¿Con qué sacio esta sed como de aire que me ahoga? Es una sed que no desaparece con el agua ni con el viento, se asemeja en parte, al yugo que pesa sobre la elección de mi esclavitud pactada.
Ya no sé dibujar, así, no me queda nada más que poder escribir para demostrarme cuanto odio estar aquí; cuanto no quiero escuchar. A la fuerza se oprimen mis pensamientos mientras me aferro a ellos tratando de no entender nada de este lugar. Tengo que soñar algo, que cubra a todos los que me rodean y que no me permita escuchar nada más. Sé que es posible; tengo que dormirme... Busco eso, como cuando se apaga el ruido, esa molesta interferencia, con una explosión, como un corto repentino en esas voces que me atormentan. Y luego, el silencio. El anhelado éxtasis; precioso vacío, cuando sin más analogías se me corta el aire dentro, como en un segundo imperecedero se me escapa el alma.
Al final de mucho divagar, las palabras, por fin, se convirtieron en sólo palabras.
Por favor entiende de una vez que no quiero de esos rizos obedientes.

domingo, 14 de noviembre de 2010

La única wea que me hace feliz no tiene que ver con la vida ni con la permanencia. Busco entonces el miedo, encontrar entre la oscuridad esa verdad paralela que algunos han entendido y alcanzado. No hay más verdades que dormir, ni más felicidades que soñar, porque fuera de eso, nada es verdadero. Quiero pasarlo mal, tener hambre y estar solo. Quiero llorar todos los días y reír con el sol. Quiero que el viento me ayude a caminar, mientras mueren mis ojos y mi pelo. Quiero que esta desesperación se lleve mi alma para así poder encontrarla. Caminar ciego. Quedar ciego me atrae, me gusta la idea de ver más que todos los que pueden ver con los ojos.

martes, 9 de noviembre de 2010

Acabo de llegar de un lugar que extrañaba mucho. Íbamos en el auto de un amigo; el auto iba lleno, mas no los puedo recordar a todos. Los cerros se extendían altísimos, encerrando una entrada de mar que parecía un lago. El agua completaba, escasa, el fondo del valle, reflejando al cielo toda la belleza que sus ojos no podían entender. Un muro esculpido por el viento, de un gris tan oscuro que delataba haber sido creado por el hombre, contenía la socavada ladera de un cerro que terminaba mojándose en las extrañas aguas del mar. Yo sabía que sobre el muro había un camino de pequeñas conchas blancas que te llevaba a Dios, porque había estado ahí; ya había estado con Dios, ahí, a la vuelta de la esquina. Bordeando el enorme cerro, entre la ladera y el mar, llegabas a una playa y naturalmente las rocas que te conducían a ella, soportaban incansables cada furiosa arremetida de las olas. Pero eso sólo lo sabían quienes no podían resistirse a ver como revientan las olas, porque para los demás estaban: Dios y las conchitas. Con las olas ocultas bajo un mar de ceguera crónica y comodidad, el único indicio de que esa peculiar laguna fuera un mar eran los pequeños barcos pesqueros, oxidados y muertos, medio hundidos tocando fondo. Recuerdo todo esto haberlo visto antes.
A nadie en el auto parecía importarle algo de lo que veían porque el auto seguía su rumbo, lento pero implacable. Tal vez simplemente la dicha que sentía, extendía hasta el infinito la luz que entraba por mis ojos y los segundos convertido en fotos se perpetuaban eternamente en una sonrisa.
Los pequeños cangrejos se confundían entre las redondas rocas de río y las algas bailaban, en un ir y venir, al son de la incesante corriente marina. Después de una curva formada por un pequeño cerro, el camino parecía seguir en el mar. Sin más preámbulo, el auto empezó a entrar en al agua sin asco alguno, estremeciéndose con cada roca que destrozaba sus entrañas. La misteriosa ruta dictada por las aguas poco profundas, nos mostraba el transparente fondo, como un pequeño riachuelo que atraviesa una carretera en invierno; nos obligaba a seguir. Todos en el auto sabíamos que tendríamos que bajarnos a empujar en algún momento, mas no tengo la certeza de lo que ocurrió; no pude volver allí por más que intentaba cerrar los ojos.

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Se siente raro, igual de incómodo que fingir que celebro un gol que no me alegra tanto como para pararme a gritar; es raro que nunca sepa qué hacer en esos casos.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está