viernes, 20 de agosto de 2010

ojalá pudiera simplemente dormir, sin sentir remordimiento alguno, y soñar lo de siempre, al compás familiar de colores conocidos... sin miedos ni prejuicios, quiero ir donde puedo ser yo.

jueves, 19 de agosto de 2010

mañana sigo...

Cuando no existe compañía alguna; en la ambigüedad de la conciencia se gesticulan infinitos acuerdos autocomplacientes, que nos conducen a la inercia. La naturaleza del hombre tiende a la estabilidad, el afán de comodidad le imposibilita a romper sus propios esquemas. En general, la confianza en el sistema es lo que mueve al mundo, confianza recíproca e omnipotente. Un sistema cimentado en deberes, deberes que obligan, por miedo a fallarle a la confianza en sí, a responderles ciegamente, desautorizando cualquier confusión intrínseca. La confianza no permite dudas, aniquilando así, las debilidades la conciencia en pro de un sistema perfecto. La intransigencia de la perfección, admite a su vez, sólo un par de razones antes de lastimar definitivamente la credibilidad, entonces dichas razones deben ser absolutas. Esta inflexibilidad nos lleva, así, a una verdad forzada o a una flojera autoinfligida, imaginaria e inexorable.
Considerando al hombre como una especie subversiva por naturaleza, parecen convenientes ciertas condiciones que lo llevarían a un bien común, dicho bien que tiene un peligrosísimo grado de interpretación. Ahora entendiendo el bien personal, inmensamente menos dudoso, como la realización de los ideales naturales de cada uno, se puede llegar a buen término sobrentendiendo la propia debilidad de la conciencia. Conociendo la nueva naturaleza del hombre común, la mejor manera de conseguir cualquier íntimo ideal, sería abolir, parcialmente, la conciencia, corrompida por las seducciones del mundo moderno. Si las razones se superponen a la razón, nos eximimos de confusiones en pro del porqué. Si las razones son honestas, entonces, la libertad será plena.

sábado, 14 de agosto de 2010

me gustaría haber podido escribir mejor en esos días, y entonces así, no tener que arrepentirme de casi nada.

lunes, 9 de agosto de 2010

tu indiferencia es la ignorancia.

La incongruencia está en estar a favor de las leyes mismas, que en sí significan restricciones, pero en contra de cualquier otro método de control. Puede ser debido al concepto mismo de libertad. Pero si no crees ni confías en el actuar del hombre, reprimiéndolo con leyes, ¿Por qué has de reprochar las religiones? ¿No es incluso uno más libre de elegir en qué creer, que de elegir qué leyes te han de restringir? No estoy intentando defender a las religiones, pero dentro de un sistema que es capaz de vender hasta la última gota de agua, ¿No podrían considerarse las religiones como un mal menor?
Donde la democracia es el juego o el pan, da igual, y el sistema económico poco a poco se lleva todo rastro austeridad. Cuando el mundo se vuelve cada día más estúpido, cuando los libros son cada vez más caros y la televisión cada vez más hermosa; el control cae por todos lados. Parece atractivo estar siempre conectados, ya no existen ratos "desocupados"; ya no existe el silencio. ¿Qué puede ser más hermoso? Pero los conceptos se tuercen en intrincadas verdades colectivas, manipulando la existencia hacia un fin esperado por pocos. El poder asesinó a la cordura, y el control amarró el poder a las manos de quienes entendieron, en un designio perpetuo. Si está en desarrollo el apocalipsis de la inteligencia, se puede pensar en la decadencia absoluta de las libertades; sólo queda salvar lo que tengas a la mano. Está dicho y las cartas sobre la mesa, sólo la inteligencia puede liberarnos. Cuando la estupidez es inminente y agradecida, la religión no es más que un pequeño precio de la estabilidad; se transforma en un método antisubversivo más eficaz que cualquier droga. Livianamente se puede pensar que, luego de habernos revolcado en nuestra propia necedad, si aceptas las leyes, cualquier otra forma de estabilidad puede ser válida, mientras no viole las libertades individuales. El libre mercado no tiene nada de libre.
Después de todo, aún no me queda claro si, la ignorancia va de la mano de la esclavitud o de la libertad. Creo que si la ignorancia es común, nos lleva a la esclavitud, pero a una esclavitud feliz, involuntariamente elegida; desconocida. Por la naturaleza de las circunstancias, toda virtud individual que escape de la oscuridad, nos lleva a privarnos de libertad. Y morimos sin importancia mientras nos gobierna un poder absorto de más poder. Muere nuestra idea de libertad.
A todo esto existe un pero que no soy capaz de redactar aún.

domingo, 8 de agosto de 2010

irónico.

Me acabo de dar cuenta que la persona que creó todo este universo, oscuro, de displicencia, no tiene ni una sola palabra en su honor. Me da risa pensarlo, es tan asquerosamente insignificante...

Rabia y más rabia.


Pendejas culias. Aparten ese lenguaje infame, subversivo, peligroso, que me alejan resolutivamente de las tardes ocres con mi hermana. Mundo de mierda, déjala en paz. No quiero tu peso sobre sus infantiles pensamientos; ella no quiere, sé que no, tus asquerosas enseñanzas de libertinaje. Déjala en paz, déjamela. Qué tan malo puedo ser. Déjala tranquila, suave; siempre suave, indefensa. Egoístamente, no puedo dejarla partir, a las miserias de la decadencia de un progreso ciego. Ególatra, como el vuelo de un albatros, solitario, la necesito conmigo; para hacerla perfecta, como yo. Maldita sociedad, déjala en paz. Ella no quiere tus banalidades, ella quiere estar a mi lado por siempre, para juntos jugar, como en antaño, y palidecer bajo las tenues sombras del crepúsculo. Eternamente, sin aborrecer los rastros del alba en nuestros cabellos ya blanquecinos. Hermanos eternamente, enfrentamos incipientes muertes y vidas; como el rojo afronta al azul para evitar vestirse de púrpura, asesinaremos cada diminuto rastro de un púrpura sanguíneo. Libres, por siempre encadenados.

 Lo que hubiera sido que se quede donde está